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​JAPÓN Y ESPAÑA: ¿CAMINOS PARALELOS?

Economa-en-Japon_enydLa distancia existente entre Japón y España es bastante notable a tenor de sus correspondientes ubicaciones, pero si nos atenemos a la situación económica vivida por uno y otro país quizá podría no haber tanta lejanía como se pudiera pensar.

Para cuando en 2008 las hipotecas subprime se revelaron al fin como un producto financiero de dudosa calidad, ya era demasiado tarde. De pronto la Bolsa estadounidense titubeó y zozobró, y los efectos se propagaron de forma virulenta más allá del Atlántico. La Unión Europea recibió el golpe como pudo, llevándose España una de las peores partes. Atrás quedaban los años de bonanza; la burbuja inmobiliaria había estallado, dejando tras de sí el reguero catastrófico de acontecimientos que todos tan bien conocemos: la crisis de las cajas de ahorros, el imparable endeudamiento público, la progresiva presión fiscal, el “cerrojazo” al crédito, y en definitiva, la caída de la demanda y el empleo.

Pues bien, resulta que en Japón han vivido una situación muy similar, de la que probablemente se podrían sacar algunas enseñanzas valiosas. En los años 80 se llevó a cabo una desregulación financiera, lo que facilitó sobremanera el acceso al crédito. Los especuladores compraban y vendían inmuebles con una celeridad asombrosa, y los precios se desbocaron. La economía nipona iba como la seda, aunque durante los 90 hubo hechos determinantes que provocaron cierta alarma, como cuando en 1996 se suprimió la reducción del impuesto sobre la renta y se aumentó el IVA o se abogó por elevar el número de gastos médicos que debía pagar el paciente, medidas que pretendían aumentar la recaudación para el estado, que tras haber estado varios años intentando engrasar la economía a base de inversión pública, había quedado enormemente endeudado. Entonces el Banco de Japón tomó la que probablemente ha sido la peor decisión de su historia. En una jugada inesperada el BoJ (por sus siglas en inglés) subió los tipos de interés, lo que desencadenó la peor crisis económica vivida por los nipones desde la II Guerra Mundial; Japón se convirtió de pronto en un estado deflacionista y deprimido, una situación que ha evolucionado poco desde entonces en lo que algunos expertos han denominado “década perdida”, si bien han transcurrido ya más de 20 años desde entonces.

Los sucesivos gobiernos nipones han ido probando suerte con diferentes medidas (incremento del IVA -está en el 8% y se pretende subir al 10%-, fomentar una mayor inyección de dinero desde las instituciones bancarias para generar inflación, desarrollo de las exportaciones, aumento del gasto estatal, etc.), pero ninguno parece haber dado aún con la tecla. De hecho el actual primer ministro Shinzo Abe ha reconocido el fracaso de su plan de recuperación (lo que popularmente se ha llamado “Abenomics”) al anunciar las anticipadas celebraciones de las elecciones, toda vez que se ha sabido que Japón se encuentra en recesión técnica tras el tercer mes consecutivo con el PIB contraído.

Lo cierto es que las “Abenomics” han polarizado a los diferentes sectores de opinión del país, si bien los analistas más críticos achacan un exceso de tradicionalismo en las reformas que el primer ministro ha ido desarrollando. Se le exige implementar una mayor flexibilización en el despido, una apertura menos tímida hacia la mano de obra inmigrante y una progresiva incorporación de la mujer al mercado laboral, cambios profundos para una cultura milenaria que se resiste a abandonar sus tradiciones.

Ahora que la economía española viene encadenando buenos datos macro (subida del PIB por encima de la media de la eurozona, récord en exportaciones, desempleo en ligero descenso, leve recuperación de la demanda interna y desbloqueo de la inversión), es inevitable pensar en aquel Japón de 1997.

Actualmente en nuestro país, como entonces sucedía en la economía nipona, existe una inflación cercana al 0, por lo que incrementar la presión fiscal podría cortar las alas anticipadamente a esta trayectoria positiva. Sin embargo tampoco conviene meditarlo mucho, pues la parálisis en las decisiones no alienta precisamente la confianza externa en España, algo que dado el elevadísimo endeudamiento público existente tendría nocivas consecuencias a largo plazo.

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